Nobleza de espíritu

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26 Agosto 2019
Nobleza de espíritu

Como parte de una dinámica de intercambio literario que siempre aporta interesantes lecturas, un cordial amigo quien tiene mi respeto y admiración totalmente ganados, me compartió hace algunos meses un libro que cumple a cabalidad con el mito que apunta a que existen libros que nos escogen por un azaroso pero pactado destino.

Don Jorge Mendoza Garza tomó de su credenza de trabajo un tomo de pálida carátula y breve dimensión. Entre fotografías enmarcadas más en los bellos recuerdos que en aquellos elegantes portarretratos, se encontraba junto a algunos otros  textos la obra del Holandés Rob Riemen dispuesta en título y subtítulo: “Nobleza de Espíritu / una idea olvidada”.

De entrada, la provocación intelectual por su lectura ya estaba asegurada al provenir de la recomendación de una persona de prestigio y apego, sobre todo en un momento donde ambos acabábamos de navegar sin éxito en la fragata electoral del 2018 y en donde después de adujar nuestras experiencias, teníamos por frente la invitación del barlovento de la vida para seguir hacia el mar de reflexiones y moralejas.

Allanado en esa calma, con provecho de la ayuda oportuna que da el contar con un conductor, de regreso en la autopista leí 137 de sus 185 páginas. A mi llegada, deposité la obra del ensayista y presidente del Nexus Institute justo en la cima de la pila de libros que me acechan cual mastines de presa. Tantos compendios se ubican sobre el buró multiusos en cuyos cajones se alojan aún más obras y quizá algunos pares de antihistamínicos vencidos junto con recortes y recuerdos de este mosaico de mi acontecer en los años.

La confesión honesta es la siguiente: el texto estuvo inerte durante exactamente 5 días completos y cerca de una cuarta parte de un sexto. Nada más lejano a la realidad que el motivo del temporal abandono haya sido la lasitud o el desinterés, sin embargo, al enrolarme en lo absorbentemente cotidiano y nimio, me extrajo de una lectura que se completó en su totalidad en aquel día del tardío octubre.

Una vez concluido el repaso, no gratificaba a pleno la necesidad de adentrarme profundo a cada línea y frase por lo que, atrincherado con mis textos de apoyo, decidí dar una nueva vuelta a la obra con bolígrafo y libreta, pero sobre todo con una apertura irrestricta a algo que venía sonando como un cascabel en mi conciencia. “Sé valiente”, no se puede renunciar a analizar la complejidad del entorno que vivimos por lo que “Nobleza de Espíritu” resulta un texto-guía subrayadamente oportuno, de aquellos que permiten hacer un alto y recomponer caminos.

Estimo como un inmenso acto de valentía del autor el utilizar conceptos que en claro desuso en sociedades utilitaristas, más parecerían rayar en lo cursi o grandilocuencia vacía. Nobleza y espíritu, no son precisamente nociones de moda en la modernidad, subrayadamente entre el pensamiento de satisfacción inmediatista que campea en ciertos estratos sociales y rangos generacionales. Acudimos a la lectura de un tratado que no se encuentra rebosado de moralismo ni adoctrinamiento dogmático sobre la bondad, y que además no es en ningún cause teísta ni pontificador.

Riemen introduce a sus lectores a un laberinto colmado de conversaciones atemporales, de anécdotas que poseen el don de la ubicuidad. Dueño de un vertiginoso estilo que obliga a la atención irrestricta con una libertad de género que aprecia los diálogos citados con intervenciones de reflexión propia del autor en donde acaba por ser partícipe y protagonista de aquellas conversaciones. Estamos ante un autor que apuesta por el añejo estoicismo sobre la juventud epicúrea, sin que llegue al castigo o la condena de algún dogma pero eso sí, siempre en el constante movimiento para la búsqueda de la verdad.

Considerado lo anterior, y una vez que mi libreta de apuntes se había colmado de garabatos y flechas que remiten a conceptos y dudas, desciendo hasta el núcleo de ideas que componen los cimientos del texto. La aplicación de los mismos es una decisión que atañe al raciocinio personal y a la asimilación de conceptos que socialmente nos pueden llevar a ser valiosos y enteros.

La existencia humana no puede ser ni exclusivamente espiritual ni exclusivamente sensual, ni tampoco debe centrarse únicamente en lo metafísico o lo social. Pero así, la nobleza de espíritu no es un don concedido sino un ideal de excelencia en todos los ámbitos de la vida al cual se accede con esfuerzo. La enorme construcción de la civilización, inicia y se finca con solidez por la transformación de la persona. No se apoya en rimbombantes revoluciones que aseguran la redención. Y, desafortunadamente, ese cambio no puede desarrollarse con exclusividad desde el aislamiento de un individuo. Ese proceso transformador ha de significarse en una ética política, en un compromiso con la comunidad que nos aloja.

A través de las alocuciones de Sócrates, las misivas y relatorías de cátedra de Thomas Mann, hasta la ficticia tertulia reflexiva de Koestler, Sartre y Camus en casa de Malraux, el escritor holandés sembró en mi intelecto más reflexivo el saber que como sociedad hemos apostado por una mentalidad fundamentalmente materialista. Creemos que todo tiene que ser agradable, moderno, atractivo, fácil y entretenido. En general, hemos renunciado a nuestra necesidad de calidad para alimentar nuestra obsesión por la cantidad: todos son números.

“Ya no hay un interés por la verdad ya que la verdad suele ser incómoda. Especialmente la verdad sobre nosotros mismos”.

Profundizo sobre qué posibilidad tendríamos entonces de asimilar dentro de nuestra propia cultura este punto de partida. No como una obligación mandatada, sino como un estímulo de conveniencia que signifique invertir en el futuro de nuestras sociedades. “Todo lo que se presenta como cultura, pero sin una expresión de cualidades espirituales eternas, no es cultura sino moda” estipula el autor. ¿No estamos aún a tiempo de desterrar el conformismo, la diferenciación social, la apatía, la corrupción y la mediocridad como rectores distintivos de nosotros los mexicanos?. ¿Se podría hacer un “switch” virtuoso hacia la disciplina, la empatía, la honestidad y la generosidad colectiva?.

Según Riemen, traducido a su entorno, ser europeo también significa tener que combatir, combatir a favor de una sociedad humanista guiada por el deseo de verdad. “En vez de aprender las lecciones de la historia cultivamos una especie de amnesia colectiva”. Considera por igual que la cultura y la política nunca deben separarse. Ahí la aplicabilidad a nuestra patria, no olvidemos de dónde venimos para pactar con nuevas cláusulas hacia a dónde vamos. Estamos en la mejor coyuntura.

Podríamos desmenuzar cada párrafo de la obra pero sencillamente sería inacabable por la cantidad de conceptos que aloja en sus líneas. Si en algún postulado podría hacer énfasis sería en que no es tiempos de derrotas anunciadas ni de sinapsis pesimistas. Más bien son días de incubar la esperanza para transitar hacia el sentido contrario, donde no se acepta un tipo de darwinismo que nos insiste para que creamos que el estado de las cosas, sobre todo en política, son como son y no hay forma de cambiarlas.

Concluyentemente Riemen asevera que “Todavía podemos evitar que la situación política empeore mucho más. Podemos unirnos y tener una nueva cultura que recupere el espíritu de la democracia, que prospere en una nobleza de espíritu. La de Europa es una historia llena de lágrimas, pero también de hazañas. Es un sueño que no se rinde”.

Equiparo esta última sentencia a la enormidad que tenemos en lo colectivo como país. Pocas naciones pueden preciarse en la actualidad de tener una orgullosa proveniencia desde una civilización, cuestión que los mexicanos portamos encumbradamente. Muchas han sido las pruebas históricas en donde a costa de sacrificio y sangre México sale adelante y tal vez la prueba adaptada a nuevos tiempos no sea distinta de las grandes revoluciones y luchas fratricidas registradas en nuestra historia. Es momento de creer desde la raíz de dicha nobleza para cambiar el paradigma del liderazgo demagógico y vacío para llevarlo a la conducción responsable fincada en el humanismo honesto.

Y si efectivamente, hay libros que nos escogen y en el dicho del novelista catalán Carlos Ruiz Zafón son espejos donde sólo se ve en ellos lo que uno lleva dentro. Me agrada mucho lo que vi, de ahí mi gratitud a Don Jorge Mendoza, quien además de amigo se convirtió en generoso vehículo para mi modesta pero sólida y personal transformación.

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